Introduzcámonos un instante en el turbio mundo de la demagogia: Tú tienes un colega de esos que sigue al
Barça en la distancia, que más o menos es capaz de hablar durante tres minutos seguidos del equipo y del club sin meter mucho la pata, y te acaba de preguntar qué es eso de la sentencia del
Tribunal Supremo y los avales. Bueno, pues le tendrías que echar un rollo de los largos para que se hiciese una idea de lo que está pasando y cuando te vas a lanzar, te pregunta: “
Pero, ¿esto es porque han trincado, no? Porque se han llevado la pasta”. Cerremos esto de la demagogia.
Advierto al lector que en esto del
Tribunal Supremo, el
Barça, los avales, ex directivos y actuales poco o nada tengo que ver. Conozco a alguien, he tratado con alguno de ellos. Sólo eso. Y hasta con alguno tengo buena relación, nada que me impida seguir ejerciendo de periodista.
Vamos al asunto. Para arrancar este meollo tenemos dos posiciones: una emocional y otra legal. ¿Cuál es la emocional? Pues que estamos ante un hecho que si la justicia aprieta y los demandantes no dejan de ahogar, nos vamos a encontrar que unos gestores que hace cuatro días catapultaron al
Barça a las cuotas de éxito más grandes de la historia, digo que pueden verse con un problema de esos que ni sueñas en el peor de tus pesadillas: que te embarguen.
La dimensión legal es que, y nos arruguemos a la hora de decirlo con claridad, hubo un incumplimiento descarado de los estatutos. Sí, aquellos ocho días, del 22 al 30, desgraciadamente computaban como un año. ¿Injusto? Sin lugar a dudas, pero el redactado de los estatutos así lo contemplaba.
Y todo esto, ¿de dónde viene? Vámonos a la época de
Joan Gaspart, a una comisión que montó para la reforma de los estatutos y darles otro aire. En una de aquellas modificaciones se intentó atajar una de las
mafiadas preferidas del nuñismo: con el viento a favor, adelanto elecciones y pillo a todo el mundo con el culo al aire, especialmente, a la oposición. ¿Qué hicieron los abogados de aquella comisión? Pues determinar que si un presidente adelantaba las elecciones y las sacaba de un periodo marcado como fecha para celebrarlas, desde ese mismo día hasta el 30 de junio siguiente contaría como un año electoral.
Este a grandes rasgos es el marco de los estatutos del
Barcelona que regían en el año 2003. ¿Qué pasó aquel año? Bien conocido, que
Joan Gaspart saltó por los aires y entró
Enric Reyna, quien, ¡ojo!, podía haber sido presidente hasta el 30 de junio del 2005!!! (el mandato de
Gaspart era de cinco años), pero dada la presión social y dados los resultados deportivos, dimitió, se constituyó una comisión gestora hasta las elecciones del día 15 de junio del 2003.
Por lo tanto, la comisión gestora, presidida por
Joan Trayter, no tenía más remedio que convocar elecciones fuera del periodo para fijarlas y, en consecuencia, si se establecían antes del 30 de junio, todos aquellos días antes iban a significar irremediablemente un año de mandato para quien ganase.
¿Alguien es capaz de recordar algo de lo que en aquellas fechas se comentaba respecto al día que debían celebrarse las elecciones? Os hago un pequeño resumen: “
¡Ya!” Sí, todos, los seis candidatos más los dos precandidatos, antes, querían elecciones ya, sin dilación, sin más rodeos, sin más hostias.
¿Alguien pensó en el pollo que iba a significar convocar elecciones y tomar posesión antes del día 30 de junio? Es decir, ¿alguien advirtió que debían cerrar las cuentas de la temporada en curso con lo que ello comportaba? Yo creo que no. Vamos, más de uno se echó una risas con las medidas de
Reyna (los famosos sobres) para liquidar el déficit que se iba a generar al final de temporada. También pienso, sospecho, que posiblemente que sí había quien sabía el pollo que se avecinaba con la toma de posesión antes del 30 de junio, pero, no nos engañemos, en aquel momento, si hacemos un ejercicio y nos teletransportamos al momento, el asunto de los días de junio como que parece un chiste de mal gusto con el
merder que había en la escena azulgrana.
¿Jugaron una mala pasada
Joan Trayter y el por entonces secretario de la junta,
Josep Maria Coronas, a la hora de fijar la fecha de las elecciones, previendo que deberían ser los ganadores (
Lluís Bassat era el favorito) los que iban a tener que cerrar las cuentas y comerse el marrón de
Gaspart? Bien, la pregunta se las trae, por enrevesada y mal intencionada, pero hay quien lo pensó. Pero, no nos apartemos del griterío de entonces: precandidatos airados reclamando elecciones cuanto antes.
Joan Laporta, ganador de las elecciones. ¿Podía tomar posesión del cargo el 1 de julio? No. Los estatutos determinan un plazo máximo para entrar en el club y por mucho que lo estirase siempre la fecha quedaba dentro de junio. Ya dentro del club, inspección de cómo estaba el percal y de soluciones varias. El déficit de la temporada, de miedo, y el panorama, desolador. Con aquellos jugadores no se iba a ningún sitio.
Se inician los traspasos, los descartes, las bajas. ¿Qué dice el nuevo plan de contabilidad con las aportaciones cuando fichas a un jugador? Pues que si contratas a un jugador por cuarenta millones con una ficha para cuatro años, en cada uno de ellos amortizas diez millones. ¿Y si lo traspaso en el segundo? Pues que te comes para el tercero y cuarto amortizaciones de diez millones ambos. ¿Qué hizo la nueva junta de
Joan Laporta? Pues que jugadores de dudosa calidad que debían salir del club inmediatamente y con años aún de contrato, es decir, con amortizaciones para aplicar en futuras temporadas, se recogieron todas y se cargaron en esos ocho días para metérselas en el
pack de
Joan Gaspart. ¿Se entiende hasta aquí?
¿Y qué decía de todo esto
Gaspart? Pues nada porque a cambio de empezar a hacer un
Barça nuevo, la nueva junta se comprometía a no meter mano en el pasado y poner en evidencia a la anterior junta y, por lo tanto, al club.
Una nueva pregunta: ¿Sabía
Joan Laporta y sus directivos, entre ellos
Sandro Rosell –uno de los responsables directos de decir qué jugadores saltaban del club-, que aquellos ocho días eran un año de mandato? Sin duda alguna. Sin duda alguna, que creo que no ha quedado suficientemente claro. Pero, ¿quien coño iba a pensar que un socio, o alguien que le moviese los hilos, tiempo después iba a remover en el pasado e iba a conducir a la directiva a una situación de estrés por aquellos días? Yo creo que nadie en la nueva directiva del 2003.
Claro, que tampoco nadie pensaba que en la primavera del 2005 iban a producirse cinco dimisiones (
Rosell, Moix, Bartomeu, Moner y
Faus) más un agregado (
Toni Freixa), algo que iba a resultar funesto para la todos.
Llegamos a la primavera del 2006 y empieza a escucharse en el entorno (¿promovido por los dimitidos?) que
Laporta tiene que convocar elecciones porque en ese año, que el
Barça había hecho doblete (Liga y Liga de Campeones), se cumple el cuarto de mandato. No voy a reproducir lo que creía
Laporta y alguno de los suyos ante ese reclaro porque era veneno puro.
Con los estatutos en la mano, y tras una denuncia de un socio, un juez ordenó convocar elecciones aquel verano del 2006. Evidentemente, no había color y
Laporta ganó a lo grande; sin rivales. ¿Tendría que haberse ahorrado
Laporta aquel marrón y haber convocado elecciones, pues las tenía ganadas de antemano y no enrocarse para celebrarlas en el 2007? Si así hubiese sido, hubiese estado admitiendo sin que aquellos ochos días de junio del 2003 en realidad sí que contaban como un año, hecho que hubiese contradicho su postura inicial. Además, admitiendo esos ocho días de junio, también estaba admitiendo un déficit descomunal de millones y millones de euros.
¿Qué lectura hay que hacer con la decisión del juez de fijar elecciones para aquel verano del 2006? Pues una que nos llega hasta nuestros días, que no es otra que dar por bueno aquellos ocho días como un año de mandato y, por consiguiente, hacer que aquel cierre de estados financieros pesase sobre las espaldas de los directivos.
Laporta inició la temporada 2006-07 entendiendo que la suma de los beneficios de las tres anteriores temporada era mayor que el 15% de los gastos de aquel ejercicio y, por consiguiente, logró de la
LFP que le levantase el aval para aquella temporada.
Aparece entonces un tal
Vicenç Pla, dirigido o no, marioneta de terceros o no, que sale al frente y presenta una demanda de la junta de
Laporta por haberse saltado el aval, ya que si bien el juez dijo que el 2006 era año de elecciones y no el 2007, como deseaba imponer la junta directiva, estaba admitiendo aquellos ocho días de junio del 2003 como el primer año de mandato de la junta de
Joan Laporta. Si así fue por mandato judicial, la suma del déficit del 2003 y los superávits de las tres siguientes temporadas arrojaban color rojo en el cómputo general de los cuatro años y, por consiguiente, la junta de Laporta en la 2006-07 tenía que avalar 23 millones de euros, que es la cantidad que el
Tribunal Supremo ha dicho que aquellos gestores tienen que avalar.
¿Y que va a pasar ahora? Bien, en su día, y al margen de que los ex directivos de
Laporta elevaron al
Supremo un recurso de casación, el socio
Vicenç Pla pudo haber pedido la ejecución de la sentencia de la
Audiencia Provincial en el juzgado de primera instancia número 24, pero renunció a ello. No obstante, el recurso siguió su curso hasta conocerse ayer la sentencia.
Vicenç Pla podria hacer lo mismo ahora con la sentencia del
Supremo, o no. En el caso de que no lo haga, podría ser el
Barcelona, su junta, la que lo exija, en cuyo caso entraremos en una situación nunca vista y que nos remite al inicio del
post: lo emocional y la legalidad.
No obstante, nadie negará que existirá una desproporción tan brutal del castigo que tendría consecuencias inimaginables, a corto plazo, por la pérdida de patrimonio de directivos que no cobraban por hacer su trabajo y que, efectivamente, no metieron la mano en la caja, y a medio plazo, ya que ¿quién va a querer meterse a directivo si sin comerlo ni beberlo te puedes quedar con una mano delante y otra atrás de un año para otro? Me imagino a alguno de los directivos afectados y, de verdad, es para llorar.
Cuando se ejecute la sentencia el juez deberá requerir a los condenados dinero, patrimonio, un documento bancario, lo que sea, por el importe de 23 millones de euros. El patrimonio que quede sujeto a esta medida quedará congelado y el propietario no podrá negociar una compra-venta. Puede que haya directivos que no tengan suficiente dinero para cubrir la parte que se les reclama. En un banco, les pueden dar un aval por las propiedades. Ese aval tiene un coste. Dependiendo de la cantidad por cabeza, el aval puede costar dos, tres o cuatro mil euros cada semestre o al año. Puede que haya bancos que, por la dimensión del afectado, ni le cobren en aval.
El aval quedará en el juzgado o en la
LFP. ¿Hasta cuándo? Hasta que se desatasque la
Acción de Responsabilidad, después de que los anteriores directivos impugnasen la asamblea en que los socios compromisario votaron la iniciativa presentada por la junta para que los gestores salientes pagasen las pérdidas de los ochos años de mandato: 48 millones.
¿Que quiere decir que se desatasque la
Acción de Responsabilidad? Pues que cuando la
Audiencia Provincial trate el recurso presentado tras el fallo de la primera instancia sobre la impugnación de la asamblea, que ya dio la razón a la directiva de
Sandro Rosell, y si lo desestima, posiblemente antes de verano, el club, la actual directiva, y la otra parte (ex directivos) acudirán a juicio.
Y en este jucio se determinará si las pérdidas de 48 millones de euros del cómputo de los ocho años de la junta de Laporta son o no imputables o reales. Si lo son y el juez así lo determina, se ordenará que se ejecute el aval de los 23 millones de euros (que se conviertan en dinero las propiedades embargadas) y otro hasta llegar a los 48 millones, que es la cifra con la que se cerró, según los actuales gestores, los ocho años de mandato de
Laporta. También puede pasar que, en caso de una sentencia desfavorable para los ex directivos, todo vuelva a ser recurrido, y así esto se pueda estirar dos, tres, quartro, cinco.... años. Mientras, lo que sí está claro es que los avales bancarios tendrán un coste que estarán soportando los ex directivos (que no todos, ya que muchos de ellos, sorprendentemente, han desaparecido).
Me permitirán regresar al planeta de la demagogia: Yo soy directivo del
Barça y, antes de irme, me llevo por delante a
Messi; Al mejor postor. Se vende, se factura y después se le monta una campaña del tipo… lo que sea, para protegerse uno de si alguien le llama imprudente o malversador. El público, con cuatro medios que me lo crean todo, al final se las traga dobladas. Y con un
Messi vendido, tapo cualquier intento de que alguin buscar donde no hay. Demagogia
off.
Pd: Durante todo este periodo, he tenido la oportunidad de hablar con mucha gente, de un lado y de otro de esta batalla. He visto caras abatidas y gente realmente preocupada, al principio, y desesperada, no hace mucho. Creo que es excesivo todo. No la ley, que es la que es y sólo nos acordamos de ella cuando la tenemos encima achuchándonos. No nos engañemos: esto es desproporcionado, lo miremos por donde los miremos, seamos de uno o de otro bando. ¿Cómo vamos a condenar a esta vergüenza a los que nos han dejado el Barça donde esta ahora? Por favor. Muchos han intento mediar, pedir, casi suplicar que se pare todo. “Salid a la luz pública y destrozad a Laporta”, han escuchado algunos en voz de los que ahora mandan. Ah!, era esto.